La Lupa

¿Es posible poner fin a la violencia contra las mujeres en RD Congo?

Publicado por Jorge Sebastián Lozano.

Recientemente, la periodista congolesa Caddy Adzuba recibió en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Es el reconocimiento a un excelente y difícil trabajo, en la defensa de los derechos humanos en el este de la República Democrática del Congo. Su voz se ha oído con claridad durante estos últimos meses, en España. En su región viene oyéndose desde hace años, junto con otras voces locales que luchan para destejer el enmarañado tapiz de la violencia contra las mujeres.

Una de ellas es Chouchou Namegabe, coordinadora de AFEM-SK (Asociación de Mujeres en los Medios de Kivu Sur). Al igual que Caddy, cursó estudios de Derecho, aunque su pasión era el periodismo: comenzó a colaborar en la radio con 17 años, estando en antena desde el primer día. Desde AFEM, asociación desde la que ellas dos y otras muchas periodistas (como Jolly Kamuntu, directora de Radio Maendeleo) quisieron dar voz a las sin voz. No es una metáfora: según los usos tradicionales en los Kivus, hablar en público simplemente estaba prohibido para las mujeres. La mera existencia de voces informativas femeninas, a través de las radios comunitarias, era por sí sola un desafío a las “coutumes” que siguen rigiendo muchos aspectos de la vida congolesa.

Un altavoz para el silencio

No se quedaron en su propia presencia profesional: AFEM dio terminales de radio a 350 mujeres, como forma de empoderarlas, de darles contacto con la información. También crearon los Clubes de Escucha, en los cuales se oye y comenta la emisión y se discute sobre sus contenidos. Es el paso previo para mostrarles de forma práctica cómo contar sus problemas, sus necesidades, cómo dirigirse a las autoridades, plantear reclamaciones y exigirles el cumplimiento de sus compromisos. Con todo ello, la asociación se ha constituido como una voz importante en la provincia: invitan a las autoridades locales y provinciales a sus emisiones y les piden actuaciones concretas, a las que después dan seguimiento.

Los Clubes de Escucha son también la semilla del periodismo ciudadano en la zona. El programa más escuchado de Radio Maendeleo es precisamente el elaborado a partir de las noticias enviadas por sus corresponsales en terreno, tanto hombres como mujeres. No son profesionales pero están junto a la noticia, han recibido formación para corroborar las fuentes, preparar las noticias, grabar, etc.

Volviendo a la profesionalización, 85 mujeres periodistas se han formado en AFEM desde 2010. Además, han reclamado y conseguido mejoras laborales, en una profesión tan patriarcal como todas en la zona. Como cuenta Linda, “antes solo utilizaban las cámaras los hombres. Ahora nosotras grabamos y editamos noticias completas.” Otra de las socias ha pasado, en pocos años, de recepcionista de la emisora a directora de un programa.

Mujeres al teléfono

Todo lo anterior se desarrolló en un contexto, el este de la RD Congo, a partir de 1996, marcado por una violencia e inestabilidad extremas. Parte prominente de ese contexto era la brutal violencia ejercida contra las mujeres, que incluyó el uso de la violación como arma de guerra. Contra esas atrocidades, y también a través de los medios, otras iniciativas se esfuerzan hoy por proteger a las mujeres y darles a conocer sus derechos. Femme au Fone es otro proyecto que, a través de los medios, se esfuerza hoy por proteger a las mujeres. Trabaja en red con organizaciones de base, radios comunitarias y la propia AFEM. Son ya más de 300 las personas que avisan mediante SMS sobre ataques o amenazas. Tras verificar la información, se avisa a las autoridades y a organizaciones locales para que intervengan, preventivamente o con asistencia (médica, jurídica, social…) a las víctimas.

Estas noticias son la base de una emisión semanal en Radio Maendeleo, abordando de manera abierta cómo combatir la violencia y la discriminación, que tiene muchas formas: maltratos físicos y psicológicos, agresiones sexuales, pero también ataques a la propiedad. Para Tatiana Miralles, coordinadora del proyecto, “el enemigo está en tu casa, en la barrera de la policía, en las 4 o 5 horas diarias para ir a buscar agua, en el profesor que no aprobará a una adolescente si no cede a sus proposiciones.” Los grupos rebeldes y los conflictos interétnicos siguen siendo una fuente de violencia sexual, pero no a la escala de los años 90. Otros perpetradores son el ejército regular, y la propia policía, lo cual les convierte en lo opuesto a una garantía de seguridad. Altos mandos policiales admiten de forma confidencial que no tienen control sobre sus hombres, mal pagados y escasamente formados. Pero la principal fuente de violencia se esconde en el medio social y familiar más próximo, en el que niñas y viudas son especialmente vulnerables. En un caso reciente, atajado a tiempo, una viuda era acusada de brujería por su vecino, por haber hecho enfermar a su cerdo. El vecino avisaba de que, si el cerdo moría, él la mataría, con el evidente propósito de quedarse con sus propiedades, en compensación.

Los campos de refugiados, fuente de violencia

Otro colectivo que requiere especial atención son las mujeres desplazadas. Solemos centrar nuestra atención en los refugiados, que no son precisamente escasos en los Grandes Lagos; pero en el este de Congo es mucho más abundante la población desplazada interna: más de 2’5 millones de personas. Eva García, de ACNUR, trabaja en la prevención de la violencia sexual entre esta población. “Dentro del ciclo de desplazamiento, la vulnerabilidad para mujeres y niñas es muy alta. Por ejemplo, dedican entre 5 y 7 horas diarias a la obtención de leña, fuera de los campos de acogida. Incluso en los propios campos, que teóricamente deberían ser espacios seguros, es muy difícil combatir las agresiones a las mujeres. Además, la ausencia duradera de empleo y oportunidades aboca a no pocas madres adolescentes al sexo de supervivencia, como único modo de obtener algún ingreso mínimo.”

Hay múltiples causas para tanto desprecio a los derechos humanos de las mujeres. Las culturas tradicionales perpetúan prácticas discriminatorias, desde el matrimonio de niñas o por rapto, hasta la imposición de casi toda actividad productiva sobre las mujeres, privadas después de sus escasos rendimientos. Persiste la dote, que en la práctica reduce a la esposa al objeto de una compraventa, e invita al marido a tratarla como una propiedad más. En todo caso, se viola porque se puede, porque no tiene consecuencias para el agresor, al que muy raramente se castiga. A pesar de esfuerzos legislativos y estrategias estatales contra la impunidad, los cambios de actitud entre las autoridades judiciales son lentos; recientemente, el presidente de la cámara nacional ha recriminado a los jueces por el dictado de sentencias mucho más suaves de lo legalmente establecido. Incluso un caso sangrante e internacionalmente conocido, la agresión de los militares en Minova en 2012 (126 víctimas documentadas) ha terminado su paso por los tribunales con tan solo dos soldados rasos declarados culpables. Muy recientemente, en cambio, se ha producido la primera condena de un general congolés por delitos de violencia sexual, entre otros.

Trabajar desde la raíz

Las organizaciones internacionales sobre el terreno concentran sus esfuerzos en la atención a las víctimas, en la respuesta rápida, algo comprensible y necesario. Sin embargo, para atacar la raíz del problema, hacen falta actuaciones preventivas, mucho más estructurales. En lo económico, fomentando la autonomía de las mujeres, su acceso a la propiedad, favoreciendo las cooperativas, trabajando desde las comunidades y no solo con las víctimas, pues de otra forma se consolida su estigma y se crean barreras en la población. En lo social, a través de la educación, tanto de infancia como de adultos, combatiendo las supersticiones que dan ocasiones al abuso, mostrando a las mujeres que ellas también son sujetos de derechos (en el medio rural, muchas simplemente no lo saben), y moviendo al cambio entre los varones, especialmente los jefes tradicionales. En lo político, favoreciendo que el gobierno congolés deje de estar al servicio de la élite extractiva (el adjetivo es literal, en este caso) y atienda a las enormes necesidades de la población. Una agenda como ésta rebasa los tiempos habituales de  en los que donantes y organizaciones sociales suelen planificar sus intervenciones, pero como mínimo convendría tener una hoja de ruta más integral. Voces como la de Caddy Adzuba hoy siguen siendo necesarias, y nos invitan a movilizarnos para impulsar cambios duraderos.

Saber más:

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